sábado, 24 de septiembre de 2011

Capitulo 26

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Entonces terminó de acercarse y sus labios tocaron los míos levemente. Su boca entreabrió la mía, solo un poco.
La mano que tenía libre tocó mi espalda baja y me acercó hacía él.
Sus labios poco a poco cobraron insistencia contra los míos y la voluntad de la voz sensata en mi cabeza se desvaneció repentinamente.
Mis manos subieron desde su cintura, pasaron por su pecho y llegaron a su cuello con urgencia, donde se enroscaron.
Lo apreté más contra mí. Cada parte de mi cuerpo que tocaba el suyo sentía un cosquilleo eléctrico.
Su boca se deslizó hacía abajo y besó mi cuello, lo que hizo que me estremeciera. Volvió a subir a mi boca y su lengua tocó mi labio
inferior con suavidad.
En toda mi vida hasta ese momento no había vivido algo tan placentero.
Detente… ordenó la voz sensata cuando mis labios se deslizaron por su cuello y me apretó incluso más contra él, abrazando mi cintura.
Quería que estuviera más cerca. Nuestras bocas volvieron a encontrarse y nos devoramos él uno al otro, más que besarnos.
No quiero, le respondí.
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Lo jalé sobre mí para acostarnos en el sofá. Él iba de mi cuello hasta mi boca, casi frenéticamente, mientras yo bajaba las manos de su
cuello hasta detrás de su espalda y lo apretaba más y más contra mí. Mordí su labio y él volvió a besarme. Mi corazón volaba al igual
que nuestras respiraciones. Pasó uno de sus brazos por debajo de mi pierna, para ponerla alrededor de su cintura y su otra mano seguía
en mi cabello, apretando mi rostro contra el suyo mientras me besaba. Susurró mi nombre en mi oreja y luego me besó de nuevo.
Saboreé su cuello y sus labios y le envolví la cintura con la pierna que él no estaba tocando. Subí mis manos a su cabello y lo besé con más
intensidad, a la cual él respondió.
¿Y Alex?
A la mención de su nombre me detuve en seco.
—Alex—susurré entre sus labios, con voz ronca y jadeando.
Él se detuvo para mirar mis ojos.
—Olvídalo—susurró contra mis labios lentamente, acariciándolos con los suyos mientras hablaba—. Él se lo pierde.
Solté un aliento tembloroso. Era difícil concentrarse...
—No puedo olvidarlo. Lo quiero—le respondí con la respiración, más que con la voz.
Lo empujé para poder sentarme. Pero antes de que pudiera quitármelo de encima totalmente, me besó una vez más.
Le devolví el beso, pero después me concentré y lo empujé para poner en claro mis prioridades.
Suspiró.
—Sofi—susurró mi nombre, suplicante, besando mi cuello con insistencia.
—No, Martin—le dije apartándome.
Me paré del lugar en donde estaba y me senté en el sofá individual que estaba a la derecha.
Él dejó caer la mano que tenía en mi cabello sobre el sofá cuando me retiré. Me miró serió un momento y después sonrió.
—Besas muy bien…—me dijo con voz lujuriosa.
—Tú no lo haces nada mal—le dije sonriendo también.
—¿Podremos repetirlo?—me preguntó inseguro.
—No lo creo—le respondí torciendo la boca.
Me miró con tristeza.
—Sofi, yo te quiero…
Sentí mariposas cuando dijo esto. Ningún chico en toda mi vida me había dicho jamás que me amaba.
En ese momento sonó el timbre. Debía de ser Austin, así que alisamos nuestras ropas y nos dirigimos hacía la puerta.
Parecía mentira que habíamos estado besándonos en el sofá cuando Austin entró en la casa y llenó la sala con su jubilosa voz.
—Bien, a trabajar…—dije cuando nos sentamos en el suelo de la sala.
Terminamos de preparar todo el proyecto, gracias a que durante la semana yo había preparado poco a poco la clase, cada vez que
terminaba de hacer la tarea.
A las ocho ya no teníamos nada más que hacer.
—Bueno, entonces nos vemos el lunes ¿sí?—dijo Austin en la puerta cuando estaba a punto de irse.
—Claro. Apréndete tu parte de la exposición ¿OK?—le recordé.
—Sí, Sofi —me dijo mientras se despedía de mi con un beso en la mejilla—. Bueno, hasta pronto.
—Adiós—dijimos Martin y yo, a la vez que Martin cerraba la puerta.
—Al fin, solos—dijo él mientras se acercaba a mí lentamente.
—Martin, por favor—le dije desviando la mirada.
—No Sofi, por favor tú—me dijo mientras me abrazaba por la cintura y me pegaba a él. Acercó su rostro al mío con intención de besarme.
—¿O sea que cometí un error?—le pregunté cuando sus labios estaban a punto de tocar los míos. Se detuvo.
—¿Un error?—preguntó confundido.
—Sí. ¿Cometí un error al besarte?
Se alejó para ver mi rostro.
—¿De qué hablas?
—Pues, de que si te vas a poner así cada vez que estemos solos, solo porque nos besamos, entonces cometí un error.
Se acercó y me besó lentamente. No pude evitar devolverle el beso. La sensación era muy placentera…
—¿Por qué tendría que ser esto un error?—me preguntó con sus brazos al rededor de mi cintura y con su frente pegada a la mía.
—Porque yo quiero a Alex y si al final él rompe con Helen y me pide ser su novia, eso te dejaría muy mal a ti—le dije, tocando su rostro
con mi mano.
—Ese es mi problema ¿no?—me dijo mientras ladeaba el rostro para besar la palma de mi mano.
Exacto, ese es su problema… me dijo la loca voz.
¿Y tú que dices? Le pregunté a la sensata.
Yo no se nada. Ahí arréglense ustedes… dijo enojada.
Ya que no tenía ningún otro consejo y el deseo era muy grande decidí aceptar.
—Está bien, pero es bajo tu propio riesgo y podría cambiar de opinión con rapidez—le advertí.
—Al fin. ¿Eres mi novia?—preguntó con un suspiro y entonces me besó con fuerza, sin darme tiempo a responder.
—Eso creo, pero es temporal—le dije cuando dejé de besarlo un momento.
Me sentía culpable. ¿Cómo podía permitir eso?
Otra vez le rodeé con mis brazos el cuello para acercarlo a mí mientras lo besaba y pronto necesitamos apoyo para mantenernos en pie,
así que me pegó de espaldas a la pared y me presionó contra ella. Me estremecí a causa tanto del frío de la pared, como del placer.
—Te quiero—susurró en mi oído y besó mi mejilla.
—Lo sé—le contesté.
Me besó en los labios rápida y apasionadamente.
Tocó mi cintura por debajo de la ropa y me apretó más contra él y yo a la vez pasé mis manos por debajo de su blusa y toqué su abdomen.
Él se estremeció ante mi tacto.
Ya es suficiente. Si somos novios y todo, está bien, pero no nos pasemos… me dijo la voz sensata.
Tenía razón, además, no podía permitirme llegar tan lejos, porque solo llevaba dos semanas de conocerlo aunque pareciera mentira.

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